Actor mexicano denunció que fue acosado por Kevin Spacey




El artista azteca Roberto Cavazos aseguró que en sus años en Londres era común que la estrella de Hollywood hiciera avances con sus colegas masculinos y que todos lo sabían

A través de su cuenta de Facebook, el actor mexicano Roberto Cavazos relató que durante sus años en Londres, Inglaterra, conoció a Kevin Spacey y fue acosado por el actor de Hollywood.


acoso



Harvey Weinstein. Kevin Spacey. Max Stafford-Clark.



Kevin Spacey



Hace pocos días o semanas se encontraban entre los hombres más importantes del cine y del teatro en Hollywood, Londres y del mundo. Ahora son de los nombres más sonados en escándalos de acoso sexual (y en algunos casos violación) dentro de nuestro medio.

A Weinstein se le acusa de haber acosado a más de 80 mujeres y violado a cuatro a lo largo de 4 décadas. Se anticipa que esas cifras seguirán creciendo. En su disculpa pública citó a Jay Z y juró que buscará ayuda para curarlo de sus problemas, cosa que no borrará el trauma, la vergüenza y la culpa que sin duda han sufrido las 80 mujeres que lo acusan y las probables decenas más que eligieron no hacerlo.

A Spacey se le acusa de haber acosado a un niño de 14 años cuando él mismo tenía 26. Los que coincidimos con él en Londres cuando fue director del Old Vic Theatre sabemos que serán muchísimos más los que se atrevan a contar sus historias en los próximos días y semanas. No me sorprendería que fueran números similares a los de Weinstein. En su disculpa pública dijo no recordar el incidente, se disculpó con el actor que lo acusa y aprovechó para salir del clóset, distrayendo así al público de sus acciones dañinas.

Max Stafford-Clark, con sus compañías Joint Stock y Out of Joint, cambió radicalmente el teatro británico en los 70s. Ahora, igual que Weinstein, ha sido despedido de su propia compañía por sus acciones. Tres empleadas lo acusaron de decirles cosas inapropiadas (no podía hacerles nada debido a su condición física). Su RP atribuye los comentarios de Stafford-Clark al derrame cerebral que sufrió hace algunos años. Su problema es que ahora han surgido más acusaciones de mujeres que sucedieron (en algunos casos) veinte años previos a su derrame.

Lo que estos hombres tienen en común, aparte de sus acciones reprochables, es una red de amigos, colegas y colaboradores que llevan años ayudándolos a encubrir sus comportamientos. Este tipo de hombres no podría hacer lo que hicieron de no haber sido por todos aquellos que los dejaban solos con su víctimas o los justificaban o se hacían los desentendidos.

Yo mismo tuve un par de encuentros desagradables con Spacey que estuvieron al filo de poder ser llamados acoso. Es más, de haber sido yo una mujer, probablemente no hubiera dudado en identificarlo como tal, pero supongo que la falta de una acción más concretamente directa o agresiva me llevó a justificar el incidente como "una de esas cosas". Somos muchos los que tenemos un "Kevin Spacey story". Parece que sólo hacía falta ser un varón menor de 30 para que el señor Spacey se sintiera libre de tocarnos. Era tan común que hasta se volvió un chiste local (de muy mal gusto). Ya no recuerdo cuántas personas me contaron la misma historia: Spacey los invitaba a reunirse con él para "hablar de sus carreras". Cuando llegaban al teatro, el señor tenía preparado un picnic con champán sobre el escenario, hermosamente iluminado. Cada historia variaba en lo lejos que llegaba el picnic, pero la técnica era la misma. Más común era que el señor se encontrara en el bar de su teatro, estrujando a quien le llamara la atención. Así me tocó a mí la segunda vez. Yo nunca me dejé, pero sé de algunos que temieron ponerle un alto.

En Londres, el caso de Spacey era muy mal visto. No dudo que hubieran más como él, pero ninguno tan público y descarado. En el medio se le reprochaba ese comportamiento por su total falta de profesionalismo, sin llegar a mencionar la cuestionable moralidad.

Por eso fue para mí una enormísima sorpresa el llegar a México y encontrarme con la realidad de que esto tipo de comportamiento no sólo es común, sino que a veces hasta se aplaude. La frecuencia con la cual me entero que las supuestas "vacas sagradas" del teatro mexicano se comportan igual o peor que Spacey o Weinstein. Que les parece perfectamente válido preguntarle a sus actrices cómo va su vida sexual o tocar abiertamente a sus alumnos frente al resto de la clase, pedirles que se desnuden en los exámenes de admisión a una de las más respetadas escuelas de teatro del país.

Tengo un sinfín de colegas en el teatro mexicano que han pasado por una de esas situaciones. A veces todas. Entre nuestros colegas existen directores venerados cuyos apodos son variantes de sus apellidos haciendo referencia directa a su predilección por la promiscuidad o el acoso y sin embargo los demás descartan la gravedad de sus acciones con comentarios como estos:

"Es que es un Don Juán."

"Los muchachitos no se quejan."

"Esas chavitas lo buscan a él."

Creo que a estas alturas todos entendemos que el acoso sexual no es algo fácil de procesar para sus víctimas. Algunas no lo reconocen como tal hasta décadas después de haberlo sufrido. Sin embargo, todos entendemos que ninguna de las acciones que justificamos o permitimos como parte del proceso artístico se considerarían apropiadas o correctas en cualquier otro medio. No entiendo por qué habría esto de ser diferente en el teatro, en el cine, en la televisión.

Cuando surgió el caso de Felipe Oliva Alvarado juré que sería el primero de muchos dentro de la comunidad teatral en México. Al parecer me equivoqué, ya que ninguna de las figuras aludidas en estos párrafos cambió en lo más mínimo sus comportamientos. Nuestros jóvenes colegas siguen siendo acosados, abusados y dañados por sus maestros y directores, las figuras en quiénes deberían poder confiar.

Obviamente hace falta que las mismas víctimas sean las que alcen la voz y levanten denuncias, pero hay mucho que podemos hacer los demás y debimos haber estado haciendo desde hace mucho. Si somos testigos, confrontemos. Si somos amigos, escuchemos. Si somos partícipes, desistamos.

Esta clase de depredador sólo puede seguir actuando mientras lo permitamos. Al no hacer ni decir nada al respecto, nosotros también somos cómplices.

Por último, sólo queda este mensaje para las víctimas:

Yo te creo. Yo te escucho. Yo te respaldo.


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