Algunos poemas de mi autoria:


Locos

Ellos nos dicen: ¡Están locos! Pero no ven lo que nosotros vemos.
Ellos nos dicen: ¡Están locos! Pero no buscan la astilla en sus ojos.
Ellos nos dicen: ¡Están locos! Pero no confiesan que también lo ansían.
Ellos nos dicen: ¡Están locos! Pero no se toman el espacio para comprender.
Ellos nos dicen: ¡Están locos! Pero no se quieren ensuciar con nuestras verdades.
Ellos nos dicen: ¡Están locos! Pero no empujan una lágrima por las heridas.
Ellos nos dicen: ¡Están locos! Pero no quieren compartir una copa de vino y charlar de nuestros errores.



Alicia está muerta.

¡Rugén los truenos, Alicia esta muerta!

¡Lloran los abismos, Alicia no respira!

¡Se hunden las ciénagas, Alicia esta flotando!

¡Gimen los demonios, Alicia cayo al infierno!

¡Aplaudén las vírgenes, Alicia no ríe!

¡Se trastornan los aforismos, Alicia mengua!

¡Caén los ángeles, Alicia resquebrajo sus alas!

iMueré la magnificencia, Alicia esta sepultada!

¿Quién va a rezar por ella?


Michel odia la obscuridad 2

Planicie de sucías costumbres.
Ahervorado que copa las paredes incrustadas de ramilletes y rosas.
Ruines cavernas, apiñados en fangales, donde navegan esqueletos sin memorias.
Majas y nupcias, las distinguidas Nereidas, entre ellas cobijan un alma que resplandece cuando otras menguan.
Liliputienses ahondando las vanas eucaristías y allí sollozan la Crucifixión.

Y el mismo Monje, sentado frente a su pupitre, intentando guardar las palabras en su cabeza por obra de Michelle.
Ahora, siente pena e incluso una débil congoja, apuñalando su corazón que envejece.
No quiere ír al lóbrego funeral y hacerse uno más entre los apóstoles que están reunidos como palomas extraviadas.
No quiere ír y encontrarse cara a cara con el rostro de un loco que él también supo maldecir.
No quiere ír a la oscura sempiterna y derramar lágrimas por quién nunca tuvo una anécdota gloriosa o una plegaria que le salvara.
No quiere ír y confesar frente al pobre y descalcinado Michell, que arde entre el fuego ensordecedor, para no admitir sus pecados.

Dios se apiade de él.



Gótic Paradyse.

En la obscuridad lóbrega de una noche de ultratumba,
al acecho de las almas de los caídos que aún se purgan en el fuego,
se mueve como blanco fantasma el demonio de un viejo panteón.

Artemisa navega en medio de las aguas empetroladas
con su vestido de novia muerta solloza en el rió
las olas nocturnas de una cascada rota se cuelgan de sus orbes azules.

Vidente aciaga de un poderoso oráculo
Casandra noble exclava de Mercurio
condenada infortunadamente al destierro por inventar una mentira.

Oh, mente locura de una atormentada pasión endiablada
ha concebido en su vientre materno el origen del mal
como Dulcinea embravecida despierta temores,
el amor para su incomprensible sabiduría es pobre y nefasto.

Yo te di el secreto de todas las palabras!
Cómo obsecuente virtud recree en ti una poesía!
Un beso escarlata en tus marchitos labios!
La ultima promesa de un amor eterno se fundió contigo aquella noche!

Manipuladora de emociones,
Fuiste un amante de épocas de gloria y destrucción
en tu corazón de cristal dañino, solo cabe la infamia ya ni siquiera una lujuria verídica.

Sombra de una vispera olvidada que el regreso del invierno arrebato
Retoño de soles y eclipses de composición sin vida
¿Porqué te aferras a un sueño que ya no existe?
¡Más te conviene ocultarte y darte por muerta de una vez!
¡Así ya no sufriré las secuelas de tu traición!
¡y las heridas que tardaran en sanar podrán descansar por esta noche en paz y sin pesadillas al amanecer!

Te observó y miro una figura reluciente que agoniza
a una niña sin cuentos de infancia que contar
Ya todo en mí ha perdido el sentido
No hay inspiracíon en lo que escribo solo voluntad.

Y esta tan vacía y hueca
como el océano me pierdo entre sus olas para morir solamente
quisiera ser Elois, diurna estrella caída
en sus pobres aposentos mientras ella meditaba sus errores lejos del mundo un día, sintío en un abrir y cerrar de ojos como el tiempo se le iba acabando.

Y finalmente sin el velo que cubriera su rostro, zarpó al mar en ese mismo instante.
Las tormentas se agazapaban furiosas contra la vertiente marina
el aroma a plata le hacia una invitación a ser su única confidente.

Entre ella y nosotros existe una gran diferencia
a su espíritu confinado le obsequiaron flores y ramilletes
A mi, en cambio como un vasallo sin hogar me vendieron al mejor postor creyendo que así nos iban a salvar.
Y lejos de Athena nos apartaron de su bendición,
constantemente fuí golpeada,
el tesoro más discutido entre tantas deidades de indefinidos orígenes.

Pero, tontos de ellos también como yo ahora serán esclavos
porqué al morir nuestras ilusiones sin advertirlo consigo fallecí
y ya no me rescataran algunas palabras volverán pero no las mismas de antes.

Esas se las llevo Silvestre y el deseo de soñar desapareció por su vana insistencia.

Jamás les perdonare.



Lloro por no tener Fe.

Una flor de color azul es castigada por el rigor del viento,
plantada en medio de la nieve suele despertarse en las heladas noches
sus petalos quebradizos se deshacen lentamente cuando una corriente lejana la rompe en jirones.

El tiempo, enigmático amigo, suele vengarse de ella templando su espíritu con espantosas tribulaciones.
Le hace vislumbrar a sus amigas muertas en la arena translucida a solo unos pasos, cubiertas por la hierba petrificada ocultan sus cuerpos que alguna vez centellaron de vida.

Su llanto imperceptible entre las otras rosas de hermosos tonos
como una ventisca primaveral cae sobre el epicentro níveo
parece oscurecerse mientras su dolor pinta esa tierra abandonada
ya no es blanco pulcro, enriquecedor y angelical
aquel tono ocre cambio a un rojizo sabor a sangre.

A veces solloza su menguante soledad cuando ningún alma humana se pasea en aquellas vastas planicies,
ya que un espíritu de origen terrestre fue el que le traiciono y rompió las ilusiones que en su corazón infantil de retoños silvestres amo con tanto ímpetu y fuerza.

Y espera largas horas bajo el cielo que se tiñe de negro
las estrellas ya no brillan como antes
los milagros se extinguieron
y su deseo de morir sin dolor que le recuerde el pasado crece en su interior.

Triste esperanza que alguna mañana cobijo en su pecho mi alegría
penetrante ilusión que en mi espíritu guardo sus mejores augurios
los sueños se aniquilan ante el ciego y el salvador.
¿Habrá algún ser que comprenda a esta flor?



La ardilla y la muerte.

Vuela alto pequeña ardilla,
que los vientos de azucena y mimbre no te cohíban.
Surca los cielos, dulce y gentil alimaña
el dolor es pasajero, la estación del amor ya nos atrapa.

No llores, ni te rompas, sueña, alma marina.
¿Tienes miedo? ¿de qué? ¿el alba?
A los míseros espíritus enflaquecidos pueden ahogar,
sus nombres escritos en arena son esparcidos en cal.
Pero a ti, a nosotros, ¿existe algún cegador capaz de asirnos?

Los ermitaños de luz hoy vienen con blancas investiduras,
en sus manos de madreperla llevan una vela de luto,
no sienten compasión, ni mucho menos pena.

Al son, en tamboriles e instrumentos de viento, componen una rima de hermosos salmos divinos.
La flauta de viento, el canto indio, ambas fuerzas se contraen; te conocen muy bien.
El reloj marco las 9 en punto, a esa hora el hombre negro se poso en tus rodillas. Él te observó, te quiso derruir, su hacha tras sus hombros se movía en torno a tu bufonesco corazón.

Las lágrimas aún frescas mancharon tu rostro, había resignación, pero nunca una pizca de cobardía.
Esa condenada sombra que a mí pudo arrebatarme a Fantasía,
a tu alma locuaz y enamoradiza no consiguió aniquilar,
¡Pobre reflejo escarlata! ¡Tuvo que aceptar su derrota inevitable!

Ahora, ya lejos de estos caminos empobrecidos y rabiosos cubiertos por tanta miseria humana, te oímos cantarle a la vida.
Esa sombra volátil, negrusca y de pincel roto carcomido por espantosos bichos en su cara añosa. ¡Te teme, amigo mío!

¿No lo oyes Samanta? ¡Esta allí! él continua riendo,
los ángeles son demasiados, algunos se fatigan, otros corren, pero ninguno puede aplacar su belleza y ese amor implacable ante la vida.
¡Solo duerme! él gano. ¿lo sabes? ¿sospechas? Créeme esta a unos metros, y su hermosa risa provoca un divertido contagio entre las masas. ¡ya venció! es uno más de esos querubines que cubiertos con hermosos ropajes hacen vela toda una noche para cuidarte de esos demonios.
¡Y la muerte llora! ¡a esta ardilla no se la puede atrapar!


El ciego y el salvador

En la noche impregnada de oscuras reminiscencias
un hombre desconocido abre paso entre los hábiles combatientes.

Carga junto a él, un pequeño cofre, que adentro contiene dos fusiles de pistón mortales.
La contienda al principio estaba conformada por un batallón de quinientos soldados aproximadamente.
Todos ellos, jóvenes de alcurnia y buena posición económica.

A medida transcurrió el combate fueron cayendo uno tras otro y sus fusiles fueron recogidos por el ganador.
Los únicos sobrevivientes reconocidos por su entrega en batalla son condecorados con pletos y laureles en sus cabezas.
Un bautismo a fuego, hecho con óleo y aceites se les inculca en el pecho y se les da la extremaunción.

Estos hombres de buena casta son despedidos antes de tocar el alba, ya que al sonar el primer tiro uno de ellos morirá.
¿Cúal es el premió? se preguntaran ustedes.
¿En que consiste semejante altercado?
La respuesta es simple, una muchacha. ¿Quién más?

De lejos les observa luchar entrecruzando sus miradas. Esta decidido, quieren aniquilarse, ninguno dará marcha atrás.
¡Elena de Troya, será de uno solo!
En las antiguas épocas, su belleza fue una sedición de vanaglorias y codicias inyectada en su sangre espartana.
Ahora, llego el momento de reclamar lo suyo tantos años después.

El anfitrión se acerca al duelo entre caballeros, alza su mano al cielo y pide al resto allí reunido callar.
Nadie le desobedece, todos esperan...
el arma por fin suena, un grito ahogado se percibe, alguien cae.
Enfrente de él su verdugo sostiene el fusil y un humo disipado sale del cañón.

El salvador llora, su pecho florece con rosas turquesas.
Su túnica color celeste se opaca y la Luz en sus ojos parece al fin apagarse.
¡Esta muerto en la arena, Elena llora!
¡Agamenón ríe, la espada prevaleció sobre la pluma!
¡Su fiereza más ágil que sus rimas!
¿Adónde ha ido tu amor?
¡Tu que te jactabas de saberlo todo!
¡A los hermanos perdidos supiste reunir!
¡Y en tus libros de blancas epopeyas, escribiste una gloria!
¡Hecho una piltrafa en tierra!, ¿no es mejor partír?

Lo último que se ve es a Elena corriendo para consolar a un París herido.
Sus preciosos ojos azules ya no brillan, se extinguen.
él intenta abrazarla, pero, ¡ay! ¡la fuerza es débil! solo alcanza a pedirle un beso como recuerdo.

Agamenón toma su brazo, ella se resiste, él la empuja.
?¡Suéltame maldito! ¡Mi corazón esta roto! ? ella vocifera.

Pero el cruel y despiadado rey no es hombre de paciencia, le ama y la desesperación puede vislumbrarse en su rostro.
No le deja, la arrastra, su fuerza mayor es una cosa que Elena no consigue evadir.
Como último pedido clama a su nuevo señor aquél anhelo:

?¡Un beso es lo que me exige para irse de este mundo en paz!

No se lo niega, ella cumple su capricho.
Y mas tarde, el carro transporta a la infeliz pareja que se pierde entre la espesura de la selva.
Los espectadores también se retiran, cada quien a su lugar, y el pobre príncipe yace envuelto en sangre consolado solo por la nieve.


Alma de Poeta

Ayer te vi escribir tus primeras palabras, con tanta emoción.
El anhelo de transmitir tus sentimientos
volcados en papel me han hecho estremecer.

Soñabas, en una nube flotabas en la inmensidad
no había nadie que te detuviera,
el amor con sus alas te elevo y ya no pudiste soltarte.

La bella inspiración, ¡Cómo la deseabas!
tu alma de poeta buscaba la perfección.
Es tan difícil componer una rima,
escoger sus variantes,
darles vida para que sientan amor.

El frió menguante, con sus impredecibles hechizos
siempre llega para secuestrarte de la realidad y de ahí
transportarte a la locura y la fantasía.

Pero, tú, Micaela, en lugar de estremecerte ante esos delirios místicos
los rechazas.
No comprendes sus partituras,
no entiendes sus letras y rimas vacías.
Te parecen de ensueño y quieres ignorar sus promesas.

Y lloro, querida niña.
Porqué sé lo que has visto
como luchas contra las tormentas de sabias composiciones
el mar se agazapa furioso e intenta quebrarte,
al percibir sus dolorosos embistes te hundes en la depresión.

Te pierdes, el corazón sangra ante aquellas imágenes.
Por las noches le preguntas a la soledad si algún día
hallaras respuesta.
No quieren ilusionarte, no todavía.
Será lo mejor esperar, que las horas transcurran y las tardes se pudran en el roció.

Y quizás, ave herida, encuentres consuelo en los brazos de la realidad.




Mara, esta loca.

Deambulando por las callejuelas de ceniza,
sin saber adonde acabara su travesía,
los pensamientos vacíos adormecen sus sentidos
y les observa aniquilarse sin poder rescatarlos del limbo.

El mar, espejo de terciopelo claro
de arroyos intrínsecos y olas nupciales
que esconden en sus laberintos a las Ninfas y Nereidas,
ascienden a la superficie y entonan una melodía con su arpa.

Son mesetas de pálidos confines, de auroras boreales y silencios mortíferos. Es el cuarto menguante que concibe entre sus vaivenes el lecho fructífero donde Mara solloza.
Es la entrada al paraíso Dantesco, el bosque lúgubre que las ciénagas borrascosas diluyen en sus misteriosos caminos a los poetas enamorados.

Esa pobre niña que guarda en su alma un nombre,
la imagen curtida de un ermitaño sabio, pero aun así, ignorante
oculta entre sus manos, la desdicha.
Le conocía, le amaba.
Había soportado un siglo de espantosos castigos e interminables torturas.
A su nombre había predicado el evangelio
y llevo las palabras más allá de los confines de la tierra.
Hoy, mírala, crucificada en lo alto sin ningún leproso discípulo acompañándola.
¡Qué traicionera fuiste madre! ¡Vendiste mi alma por la salvación que desprecie!
¡Se las entregaste al Clérigo Ciego, por unas monedas rentaste mi cuerpo!
¡Lo sabias, que le amaba, mi vida y el espíritu iban junto a él!
¡No faltaban las noches y tardes que nos faltaba el sustento para comer y aún así éramos felices!
¡Te odio, tu falta es imperdonable!
¡Y en los fosos embravecidos, te juro, purgaras dicho castigo!
Pues, nací de tu vientre y al exilio me has desterrado,
más te vale sentenciar tu corazón porqué el mío ya esta roto.

*Si hablan de Mara y se atreven a describirla como una loca*
*si cruzan un día las palabras con ella*
*si le observan y notan en su añoso rostro el luto que confiesan sus ojos*
"¡Entérense de una vez, que la culpa no es de Mara si no de su progenitora, la falsa Virgen María!"